ESTRUCTURA DEL PARAÍSO EN LA DIVINA COMEDIA DE DANTE

Por Milfred Baptista

Estimados lectores, en este punto, Dante ha dejado atrás el terror del fuego, el espanto de la oscuridad y la culpabilidad del pecado. Se aproxima a la luz, al edén, a ese espacio que purificará su cuerpo y su alma: el paraíso terrenal.

El paraíso terrenal está compuesto por nueve esferas celestes: la Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter, Saturno, las Estrellas fijas, y el Primer móvil; y están organizados según la jerarquía de los ángeles.

Dante también evoca otras asociaciones, como la existente entre Venus y el amor romántico. Las primeras tres esferas están asociadas a formas deficientes de Coraje, Justicia, y Templanza. Las otras cuatro se vinculan a ejemplos positivos de Prudencia, Coraje, Justicia, y Templanza; por su parte, la Fe, la Esperanza y la Caridad se concentran en la octava esfera.

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Primera esfera (La luna): aquí se encuentran las almas santas pero débiles, y está presidido por los ángeles. Las fases de la Luna se asocian con la inconstancia, es la esfera de los que quebrantaron el voto de castidad, es decir, los que presentaron deficiencias en su virtud de coraje. Beatriz explica que un voto es un pacto firmado entre el hombre y Dios en el cual una persona ofrece su libertad a Dios. Estas decisiones no deben tomarse a la ligera, y deben mantenerse una vez realizados, a menos que mantenerlo acarree un mal demasiado grande, como el sacrificio de la hijas de Jefté y de Agamenón (Canto V).

Segunda esfera ((Mercurio, los ambiciosos): aquí están los arcángeles, en él residen los espíritus activos. Debido a su proximidad al sol, el planeta Mercurio suele ser difícil de ver. Desde un punto de vista alegórico, el planeta representa a quienes hicieron el bien por el deseo de adquirir fama, pero quienes debido a su ambición fallaron en la virtud de la justicia. Su gloria terrenal palidece en junto a la de Dios, del mismo modo que el planeta Mercurio es casi insignificante junto al Sol.

Dante conoce en esta esfera el emperador Justiniano, quien se presenta con las siguientes palabras: «Cesar fui y soy Justiniano,» indicando que su personalidad permanece, pero que su cargo terrenal ya no tiene validez (Canto V). Justiniano cuenta la historia del Imperio romano, mencionando entre otros a Julio César y Cleopatra; y lamenta la situación actual de Italia, debido al conflicto entre güelfos y gibelinos que así describe en el (Canto VI).

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Tercera esfera (Venus, los amantes): aquí están las almas amantes, presididas por los principados.

Al planeta Venus tradicionalmente se lo asocia con la diosa del amor, por lo que el autor lo convierte en la esfera de los amantes, quienes fallaron en la virtud de la templanza (Canto VIII).


Dante encuentra a Carlos Martel de Anjou-Sicilia, a quien ya conocía, y quien expresa que para funcionar correctamente cualquier sociedad necesita gente de diferentes tipos. Esas diferencias se ilustran con Cunizza da Romano, quien se encuentra en el Cielo, mientras que su hermano Ezzelino III da Romano en el infierno, entre los violentos del séptimo círculo.

El trobador Fulco de Marsella habla de la tentación del amor, y recuerda que el cono de la sombra de la Tierra toca la esfera de Venus. Condena la ciudad de Florencia por producir la «flor maldita» responsable de la corrupción eclesiástica, y critica la clerecía por dedicarse al dinero, en vez de consagrarse a las Escrituras y en los textos de los Padres de la Iglesia (Canto IX).

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Cuarta esfera (el Sol, los sabios): aquí se encuentran las almas sabias en compañía de las potestades. Más allá de la sombra de la Tierra, Dante encuentra ejemplos positivos de Prudencia, Justicia, Templanza, y Coraje. En el Sol, que es la fuente de luz de la Tierra, Dante encuentra los máximos ejemplos de prudencia: las almas de los sabios, quienes ayudaron a iluminar el mundo intelectualmente (Canto X).

Al principio un círculo de doce luces brillantes baila alrededor de Dante y Beatriz. Se trata de las almas de Tomás de Aquino, Alberto Magno, Graciano, Pedro Lombardo, el rey Salomón, Dionisio Areopagita, confundido con Pseudo Dionisio, Paulo Orosio, Boecio, Isidoro de Sevilla, Bede, Ricardo de San Víctor y Siger de Brabant. Tomás de Aquino cuenta la vida de San Francisco de Asís en el Canto XI.

En una segunda etapa doce nuevas luces aparecen, una de las cuales es San Buenaventura, un franciscano, que cuenta la vida de santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden a la que Santo Tomás pertenece. Como las dos órdenes no siempre fueron amigas en el mundo terreno, tener miembros de una homenajeando al fundador de la otra muestra que el amor reina en el cielo (Canto XII). Las veinticuatro luces giran en torno a Dante y Beatriz, cantando la Trinidad. Santo Tomás explica la sorprendente presencia de Salomón, quien se encuentra en el lugar por sabiduría real, más que filosófica o matemática (Cantos XIII y XIV).

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Quinta esfera (Marte: los guerreros de la Fe): aquí están los espíritus militantes y presidido por las virtudes. Al planeta Marte tradicionalmente se le asocia con el dios de la guerra, por lo que Dante hace de esta esfera la de los guerreros de la fe, quienes dieron su vida por Dios, mostrando por ende la virtud del coraje. Las millones de centellas de luz que son sus almas forman una cruz griega en el planeta Marte, y el autor la compara con la Vía Láctea (Canto XIV).

Sexta esfera (Júpiter, los buenos gobernantes): aquí se encuentran las almas de los justos y está presidido por las dominaciones. El planeta Júpiter se suele asociar con el rey de los dioses, por lo que Dante lo escoge como la esfera en que figurarán los reyes que se caracterizaron por su justicia. Las almas deletrean la versión latina de «Justicia del amor, que juzgas», tras la cual la «M» final de la frase toma la forma de un águila imperial gigante. (Canto XVIII).

En esta esfera se encuentran David, Ezequías, Trajano, Constantino I, Guillermo II de Sicilia, y Rifeo el troyano, quien fue un pagano salvado por la merced de Dios. Las almas que forman el águila imperial hablan con una sola voz, y hablan de la justicia de Dios. (Cantos XIX and XX).

– Séptima esfera (Saturno, los contemplativos): aquí están los espíritus contemplativos. La esfera de Saturno es la de la templanza. Dante encuentra a Pedro Damián, y discute con él sobre el monacato, la doctrina de la predestinación, y la triste situación de la Iglesia (Cantos XXI and XXII). Beatriz, quien representa la teología, se hace cada vez más adorable y llena de gracia, lo cual es una señal que indica la cercanía de la percepción del observador a la de Dios.

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Octava esfera (las estrellas fijas, fe, esperanza y amor): es la de las estrellas fijas y es presidida por los querubines. Aquí están los espíritus triunfantes.

La esfera de las Estrellas fijas es la de la Iglesia militante. En este punto, Dante vuelve la vista atrás para contemplar tanto las siete esferas por las que ha pasado como la Tierra (Canto XXII):

Dante ve asimismo a la Virgen María y otros santos (Canto XXIII). San Pedro examina a Dante sobre la fe, preguntándole qué es, y si alberga o no ese sentimiento. Tras la respuesta, San Pedro le pregunta al protagonista cómo sabe que la Biblia es verdadera, y Dante cita el milagro de que la iglesia haya crecido tan pronto y tan robusta a partir de orígenes tan humildes (Canto XXIV).

Santiago examina a Dante sobre esperanza, y Beatriz da fe de que el autor alberga ese sentimiento (Canto XXV).

San Juan examina a Dante sobre el amor. En su respuesta, el protagonista se refiere al concepto de «amor torcido» discutido en el Purgatorio (Canto XXVI).

Por último San Pedro acusa a Bonifacio VIII en términos de gran severidad, y agrega que a sus ojos la Santa Sede está vacía (Canto XXVII).

Después de estos ocho cielos, en cuyo centro geométrico se encuentra el centro de la tierra, vienen los dos cielos metafísicos o teológicos:

El noveno, o Primer Móvil, presidido por los serafines y en el que se encuentran, sin dejar de estar en los otros, los coros angélicos. Es la mayor esfera del universo físico. Dios la mueve directamente, haciendo que por reacción a su vez se muevan todas las otras esferas que alberga (Canto XXVII).

El Primer Móvil es la morada de los ángeles, y allí ve Dante a Dios como un intenso punto de luz rodeado de nueve anillos de ángeles (Canto XXVIII). Beatriz explica la creación del universo, y el papel de los ángeles, terminando con una severa crítica a los predicadores de entonces (Canto XXIX).

El décimo o el empíreo, en el que, de la misma maravillosa manera, se encuentran todos los ángeles junto a todos los bienaventurados, que se sientan, según su jerarquía espiritual, en un admirable anfiteatro que tiene la forma de una “cándida rosa”.

Desde el Primer Móvil, Dante asciende a una región que está más allá de la existencia física, el Empíreo, que es la morada de Dios. Beatriz, que representa la teología, se hace en este lugar más bella que nunca, y Dante se ve envuelto por la luz, de modo que es capaz de ver a Dios (Canto XXX).

Dante ve una rosa enorme, que simboliza el amor divino, cuyos pétalos son las almas entronizadas de los fieles. Todas las almas que ha conocido en el Paraíso, incluyendo a Beatriz, tienen su morada en esta rosa. A su alrededor hay ángeles volando como abejas, distribuyendo paz y amor. Cuando Beatriz pasa a ocupar su lugar en la rosa, Dante ya se encuentra más allá de la teología y a su vez puede contemplar directamente a Dios, y San Bernardo, en cuanto místico contemplativo, será su guía en esta última etapa (Canto XXXI).

San Bernardo continúa explicando la predestinación, y reza a María a favor de Dante. Por último, el protagonista entra en contacto directo con Dios (Cantos XXXII y XXXIII), quien aparece como tres círculos idénticos que ocupan el mismo espacio, los cuales representan al Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.

Dentro de esos círculos el protagonista discierne la forma humana de Cristo. La Divina Comedia termina con el poeta tratando de entender cómo los círculos logran encajar, y cómo la humanidad de Cristo se refiere a la divinidad del Sol no obstante, como Dante lo señala, para continuar «no bastaban las propias alas».

Es la meta del viaje de Dante, que ha sido conducido a través de las esferas por Beatriz, a la que encontró en el Paraíso Terrenal. En el Empíreo, el poeta ve a la Virgen, a los patriarcas, a los apóstoles, a los doctores de la Iglesia, a toda la Iglesia triunfante, y disfruta, finalmente, y después de tantas pruebas y enseñanzas de la visión inefable de la Santísima Trinidad. Logra, así, ver que en la profundidad misteriosa del Creador.

JUSTIFICACIÓN TEOLÓGICA-POÉTICA DE LA ESTRUCTURA

La Comedia es, ante todo, una aventura intelectual del hombre en busca de su salud, es decir, de Dios, origen y meta de todas las cosas- según la concepción, no sólo cristiana, sino también neoplatónica y cabalística del mundo- y muy en particular de la humanidad, que ocupa en él un papel de mediador entre Dios y su creación.

No estamos ante un poema místicamente intuitivo, en el que sobraría toda especulación, sino ante una obra en la que una de las imaginaciones más portentosas que jamás haya habido aborda el conocimiento poético de la verdad. No se trata de poner una serie de datos históricos, filosóficos y teológicos al servicio de una imaginación exaltada, sino, muy al contrario, de poner esa misma imaginación al servicio de una verdad considerada como la más alta, y la única capaz de acallar la sed intelectual del cristiano.

A lo largo del viaje dantesco, la verdad se le va revelando al poeta progresivamente, y Dios mismo, suprema verdad, se le irá presentando bajo aspectos distintos, pero no contradictorios; y el perfeccionamiento de tal revelación se consumará, precisamente, en el Paraíso. Por ello, no es mera pedantería que, por ejemplo, Dante se haga examinar, y a las puertas del Empíreo por San Pedro, Santiago y San Juan Evangelista. La aprobación del examen sobre la fe, la esperanza y la caridad es la que verdaderamente le franquea su última visión. Ello sucede porque el autor no podía dejar de ser un intelectual ni en los momentos supremos de su ascensión en los que otros muchos autores se han mostrado como místicos exaltados y puramente intuitivos. Dante escribe, hablando de la beatitud de los coros angélicos:

Cómo el gozar beatitud se funda

en el acto que se ve, verse aquí puede,

no en el que ama, que luego lo secunda,

lo que quiere decir que el amor- incluso el de los ángeles – es una consecuencia del conocimiento; afirmación, esta, que parece una clave para la comprensión de la Comedia y para la justificación poética de cuantas disquisiciones filosóficas y teológicas, tan insoportables para los espíritus no especulativos, se encuentran en ella.

De esta manera, poesía y teología, no sólo son compatibles en la Comedia, sino que la última depende en gran parte de la primera. Admitir esto es uno de los presupuestos esenciales para la comprensión del poema dantesco.

 

BIBLIOGRAFÍA

http://bibliotecavirtual.unl.edu.ar/ojs/index.php/HilodelaFabula/article/view/1803/2752

http://es.slideshare.net/nazhtedgard/el-paraso-la-divina-comedia

https://es.wikipedia.org/wiki/Para%C3%ADso_(Divina_Comedia)

http://cms.iafe.uba.ar/gangui/cosmocurso/nuc123/xescola/didaastro/difusion/ch/ch89/gangui-ch89-dante.pdf

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